lunes, 19 de septiembre de 2016

La voz introyectada del más severo de nuestros padres o del más temido de nuestros maestros parece estar allí cada vez que nos apartamos del modelo, para murmurarnos al oído sus acusaciones. Bastaría con convertirnos en observadores de nosotros mismos para notar la manera en que, directa o indirectamente nos enjuiciamos. Actuamos como si no quisiéramos desprendernos de esas limitaciones heredadas. Como si nos sintieramos más tranquilos cargando con esas tablas del bien y del mal que nos parecen más sólidas que nuestra percepción de la realidad. Quizás ingenuamente hemos decidido confiar en estos educadores y pensamos que todo será mejor si obedecemos los mandatos, si todos hacemos sólo lo debido, si nos guiamos por el código de Hammurabi más que por el de nuestro cuerpo o nuestro corazón.